martes, 1 de septiembre de 2009

Jorge Basadre Grohmann: MENSAJE A LA JUVENTUD


Es honroso para mí decir una palabras de simpatía para la juventud que al reafirmar su concepción religiosa de la vida y al manifestar su fe en los valores eternos, simboliza una elocuente oposición al culto imperante por el poder y la riqueza.


La primera cosa que tiene que hacer toda autentica juventud es aprender a no venderse. Nada mas grave para el futuro y para la salud moral de una nación que las asambleas de pusilánimes o aprovechadores venales cuyo lenguaje común es tratarse mutuamente como respetables.
No solo los políticos, sino muchos grandes médicos y grandes abogados y profesores y aristócratas e intelectuales entran en esa lucrativa confraternidad.


El deber fundamental de un joven es el de la decencia substancial. Para construirla y sostenerla, ningún material mejor que la indiferencia necesaria para que las naturalezas subalternas importen poco.


Hay que aprender a decir que no en contra de uno mismo, Será el mejor acto que se pueda realizar en un país enfermo de consentir. Si en el espíritu de la nueva generación predomina la tendencia a decir que si, hay que sospechar que la decadencia colectiva es tremenda. Pero nada tan sencillo aparentemente y tan difícil de hacer bien y tan delicado para realizar con rigor, nada tan arduo que requiera tanto coraje como ser hombres de afirmación y no de mera negación.
Sobre la ruina de lo que se niega, hay que fundar lo positivo. La verdadera calidad de un espíritu depende del modo como prolonga hacia delante su pensamiento y su acción, bien parado en los pies propios, adherido con garras a las verdades sólidas y esenciales contra todos los elementos contingentes de la existencia exterior, sin confiar mas que en el fruto de la dedicación de la vida a una labor clara y humana.


Chesterton ha dicho: “Yo no sabia lo que entendía por libertad hasta que la oí designar con el nuevo nombre de Dignidad Humana”. Mas que nunca en este instante del mundo es preciso construirse por dentro como una voluntad y como una aspiración de Dignidad. No hay mejor que aquel que logra poseer de las cosas, aun de las mas temporales, una concepción intemporal.
Quien no se sienta capaz de ser religiosamente honrado en su soledad, se condenará fácilmente a la perdición y por sonora que sea su creación proclamada, por ruidosa que suenen los golpes que se da al pecho, se entregara fácilmente a la individual rapiña y a todo lo peor con tal de que se otorgue poder.
Acuérdense siempre los jóvenes de eso y busquen en torno suyo a los que desdeñan el grito publico y hacen de su retiro o de su callada acción la sola gloria capaz de interesarlos.


Desconfíen de los teóricos apurados por hacer de su orgullo un imperio y de que en su arsenal recóndito solo albergan como arma la calumnia, el insulto, la vejación. Es muy común que los gestos ampulosos cubran un sistema de miserias. Guiémonos de los hombres por lo que ocultan. Lo que un hombre es en su intimidad –esto es lo único que es-.


Nada de lo anterior implica un consejo de puro intelectualismo. Tan peligroso como otros pueden ser el mito de la cultura, llámese humanismo del Renacimiento, filosofismo del siglo XVIII, adoración del siglo XIX por la ciencia. Hay esclavos de bienes corporales –el dinero, el lujo, el predominio- como hay esclavos de bienes intelectuales –el libro, la educación, la fama-. Tanto en las limitaciones especializadas del profesionalismo como en la frivolidad del diletantismo existe desde un ángulo distinto, análogo condenable divorcio entre la inteligencia y la Realidad profunda.


Así como la ley fundamental de la economía no es la acumulación sino la utilización de los valores materiales en beneficio de las exigencias del hombre y de la civilización, también la ley fundamental de la cultura no es la acumulación del saber sino su adaptación al hombre para la realización completa de sus destinos.


El saber es como la riqueza. Fecundo cuando está al servicio del hombre; peligroso cuando está al servicio de sí mismo. De acuerdo con la jerarquía natural de los valores; no es el numero de escuelas, ni el numero de libros ni la cantidad de escritores lo que valoriza a un pueblo, sino la calidad de sus hombres y la naturaleza de su cultura, la sabiduría del corazón. Es el corazón lo que está en el centro del hombre total.