miércoles, 31 de diciembre de 2008

CESAR LEVANO O LA MASCARA REVISIONISTA

(En homenaje a la revolución cubana, a los 50 años de su victoria)

José Ramos Bosmediano, ex Secretario General del Sutep


Con motivo del 105 aniversario del nacimiento de Mao Tse-tung (26 de diciembre de 1893), el Director del diario La primera (26/12/2008, p.2), el periodista César Lévano, en su columna Razón Social y con el título Las máscaras de Mao, ha vuelto a reiterar sus inveterados prejuicios contra la personalidad revolucionaria del conductor de una de las revoluciones contemporáneas más importantes del siglo XX y de la propia historia de la humanidad. Al mismo tiempo, situándose en el mismo pedestal desde donde los intelectuales y periodistas del capitalismo y de la “izquierda” liberal socialdemócrata despotrican contra José Stalin, Lévano convierte al conductor del ejército soviético en la lucha contra el nazismo de Hitler en un enemigo de la humanidad y de su propio pueblo. Cabe mencionar también el artículo del periodista anticomunista Ángel Páez (suplemento Domingo de La República del 28/12/2008, pp. 12-13) Stalin & Hitler, en el cual, sobre la base de deducciones a partir de un informe sobre el genocida Nazi y su suicidio, sostiene que éste fue “una copia de Stalin”, ya que ambos eran “crueles” con sus enemigos, que se respetaban mutuamente. Aunque de Ángel Páez se puede esperar cualquier barbaridad, de César Lévano debemos exigir, por lo menos, un mínimo de respeto a los hechos, aunque será imposible que este veterano periodista y ex militante del Partido Comunista Peruano, del cual se apartó para conformar su hoy inexistente PCP-Mayoría, cambie su concepción revisionista del marxismo-leninismo y, por tanto, su visión de los procesos políticos revolucionarios de nuestro tiempo. Referirse al artículo de Lévano no es un simple deseo de responderle para defender a Mao o a un supuesto “maoísmo”, o defender también a Stalin y el supuesto “stalinismo”, sino, fundamentalmente, revelar la máscara que encubre sus real concepción sobre la lucha revolucionaria por el socialismo.

I

Lévano empieza con una afirmación sobre el papel de Mao, de quien dice que encarnó, con Stalin, una época de la lucha revolucionaria y también de abuso del poder. Esta concepción sobre el ejercicio del poder como producto de una revolución se ha venido planteando desde las posiciones del liberalismo en todas sus variantes, tratando de desconocer el hecho real de la lucha de clases, pues la clase derrotada, otrora dominante, no se resigna a perder sus privilegios y utiliza todos los medios posibles para volver a tomar el poder y derrotar la revolución. No es casual que algunos historiadores que defienden el sistema burgués actual pretendan invalidar la lucha revolucionaria conducida por los jacobinos con Maximiliano Rosbespierre a la cabeza, por haber ejercido el terror contra los defensores de la Monarquía y los que, desde las propias filas revolucionarias, boicoteaban el avance de la revolución de 1789. Con esta misma concepción sería muy fácil invalidar la lucha revolucionaria cubana que el jueves 1º de enero del 2009 cumple 50 años de gloriosa trayectoria, porque ha debido reprimir a los contrarrevolucionarios al servicio de los planes imperialistas. Claro que los defensores de los “buenos modales” revolucionarios no se atreven a fustigar tan fácilmente la toma del Palacio de Invierno y la violencia revolucionaria del pueblo ruso conducido por los bolcheviques bajo la conducción de Lenin.

Si el uso de la violencia está prohibido para mantener el nuevo poder del Estado, mejor sería no emprender la lucha. ¿No es una buena lección lo que ocurrió con Allende, cuyo gobierno fue derrocado por la violencia militar ante la ausencia de su contraparte desde la Unidad Popular? Si esta fuerza hubiese ejercido la violencia revolucionaria sobre la burguesía chilena, no hubiera triunfado la contrarrevolución. Con toda seguridad, los defensores del capitalismo estarían señalando que Allende “abusó del poder”. ¿Y qué ocurrió con el gobierno sandinista instalado el 19 de julio de 1979? Nada menos que la derrota militar y política a través de la violencia reaccionaria dirigida por el gobierno de los Estados Unidos de los años 80 en defensa de los terratenientes, de los banqueros y grandes empresarios nicaragüenses y extranjeros. En las épocas revolucionarias la lucha de clases se convierte en guerra de clases. No hay nada más autoritario que una revolución, han señalado Marx, Engels, Lenin. Los procesos actuales de Venezuela y Bolivia pueden convertirse en luchas violentas entre quienes están buscando construir el socialismo desde el poder y quienes pretenden recuperar el terreno perdido hasta hoy, entre ellos, el imperialismo de los Estados Unidos. . En el caso de Bolivia, la burguesía boliviana ha asesinado a decenas de campesinos, ejerciendo la violencia terrorista, frente a la cual los intelectuales y políticos que dicen defender los derechos humanos y la democracia, guardan silencio o reseñan los hechos como una noticia más. Pero si uno de los terratenientes de la Media Luna boliviana hubiese sido, por lo menos, herido, Evo Morales estaría en las filas de los que “abusan del poder”.

Que César Lévano fundamente su crítica a Mao basándose en el libro de la Jung Chang, dejando a un lado otras biografías y la propia historiografía contemporánea, demuestra su verdadera intención de denigrar de uno de los más importantes revolucionarios de nuestro tiempo. Uno de los elementos básicos del revisionismo es la negación de la violencia en los procesos revolucionarios, el uso de la violencia antes, durante y después de la toma del poder. Lo que pasa es que está de moda equiparar la violencia revolucionaria con el terrorismo, en el sentido de la teoría de la “guerra preventiva” de Bush.

II

Escribe Lévano: Mao, como Stalin, no sólo atentó contra su pueblo. Su autoritarismo encontró discípulos que copiaron al pie de la letra sus ideas simplistas y sus métodos de culto a la personalidad y eliminación física de opositores. Resulta que la lucha antiimperialista y antifeudal que dirigió el Partido Comunista de China, dirigida principalmente por Mao, perjudicó al pueblo chino. La liberación de millones de campesinos de toda China del yugo de los terratenientes y de los Señores de la Guerra; la expulsión del dominio imperialista japonés de territorio chino; la realización una reforma agraria que hacía justicia a los campesinos; la iniciación del largo plan económico de desarrollo de China que culminará en el 2050; la propia revolución cultural de la década de los 60, cuyos errores no invalidan su concepción y su papel en la remoción de viejas ideas que impedían el avance del proceso revolucionario; la propia estrategia de la revolución china en función de su propia realidad, que Mao desarrolló en la teoría y en la práctica; todos estos elementos, y otros que no mencionamos, “han perjudicado al pueblo chino”. En el mismo sentido, el papel de Stalin en el desarrollo de la planificación centralizada de la economía rusa que aceleró la producción de bienes materiales y ayudó a desarrollar la ciencia y la tecnología; el papel de la dirección militar en la Segunda Guerra Mundial para vencer al ejército de Hitler, con un manejo adecuado de la táctica a través del pacto de no agresión con el dictador nazi, también “han perjudicado al pueblo ruso”. Se puede discrepar de ciertas medidas políticas, tanto de Mao como de Stalin, producto también de una lucha en dos frentes para impedir la derrota de la revolución, incluso discrepar de ciertas concepciones en el campo de las ciencias y el desarrollo de la cultura; pero estas discrepancias no pueden conducir a negar el papel positivo que estos dos conductores han jugado para su pueblo. Dialécticamente, uno de los elementos de la contradicción es el principal. Para Lévano, son los errores. ¿No sería fácil también, con los mismos argumentos, lapidar la figura de Napoleón Bonaparte, que invadió España en 1808 e impuso su poder imperial pese a la heroica resistencia del pueblo español (Un día de cólera es la novela del escritor español Arturo Pérez-Reverte sobre aquella lucha contra la invasión napoleónica). Napoleón ha cumplido su rol en el proceso de la revolución burguesa y la consolidación del Estado capitalista moderno, pese a sus errores y a su autoritarismo burgués.

¿Ideas simplistas las de Mao? En pleno apogeo del revisionismo soviético, que se impuso tras la muerte de Stalin, la burocracia intelectual de la Academia de Ciencias de la URSS, elaboró y editó el libro Crítica de las concepciones teóricas de Mao Tse-tung que, traducido al castellano, se convirtió en el manual de los partidos comunistas de América Latina adheridos a la línea ideológica del Partido Comunista de la Unión Soviética (PCUS). Los autores del libro se refieren, preferentemente, a la superficialidad del marxismo de Mao, atacando el supuesto “maoísmo” que se fue convirtiendo en “pensamiento revolucionario” en los países donde la semifeudalidad y el dominio imperialista se combinaban. No ha sido la objetividad sino los prejuicios lo que han dominado en las apreciaciones, adherencias o rechazos al pensamiento del revolucionario chino, tanto por parte de los denominados “pro-soviéticos” como de los “pro-chinos”, producto del “seguidismo”, del “calco y copia” que Mariátegui, magistralmente, advirtió como un error de estrategia y táctica. El esperpéntico “maoísmo” de Sendero Luminoso y la estrategia genocida de Pol Pot en Kampuchea nada tienen que ver con las teorías de Mao ni mucho menos con la aplicación de su estrategia revolucionaria, salvo la utilización mecánica de las guerra popular revolucionaria del campo a la ciudad.

Quien haya leído todos los escritos de Mao hasta hoy publicados, no pudo haber encontrado ninguna expresión sobre la sustitución del marxismo-leninismo por el “maoísmo”. Sus escritos sobre la dialéctica y sobre las contradicciones en el seno del pueblo constituyen desarrollos y aplicaciones del materialismo histórico a la realidad de la lucha de clases en la China de la primera mitad del siglo XX, pero también son un aporte a la teoría marxista del conocimiento.

César Lévano, pues, más allá de su afirmación genérica, no puede demostrar que Abimael Guzmán y Pol Pot son los discípulos de Mao. Y sobre el supuesto simplismo de las ideas de Mao, habría que preguntarse cómo ha sido posible que “ideas simplistas” hayan conducido un proceso revolucionario hasta la fundación de la nueva República Popular y la construcción de una nueva economía, sentando las bases de lo que hoy conocemos del desarrollo chino, con todos los peligros que significa la introducción de los elementos del capitalismo en ese desarrollo, responsabilidad que hoy compete a los actuales dirigentes del PCCH, así como lo ocurrido luego de la muerte de Stalin en la ex URSS, corresponde a las responsabilidades de Nikita Kruschev y sus sucesores en la conducción de su país.

III

César Lévano, refiriéndose al “abuso del poder” de Stalin, dice: Los crímenes y abusos de la era stalinista, minaron al socialismo en el inmenso país donde los bolcheviques encabezaron, en 1917, el asalto al Palacio de Invierno. El pensamiento subjetivista es siempre unilateral, ve siempre un lado del problema o del fenómeno. En la afirmación de Lévano sólo se resalta los errores de Stalin y no su papel fundamental, pero convirtiendo a esos errores en el factor principal, exclusivo de la aparición del revisionismo como traición del pensamiento socialista. Tampoco tiene en cuenta la presencia dirigente de la burocracia partidaria que, a partir de 1956, enarboló las tesis de la coexistencia pacífica con el imperialismo, lo que permitió a éste penetrar con eficacia para sus fines, en las estructuras culturales de la sociedad rusa. No olvidemos la estrategia de John F. Kennedy de dar prioridad a la penetración cultural, el modelo norteamericano de vida para vencer a su rival de la Guerra Fría, no con las armas sino con el ejemplo de su prosperidad capitalista. Para Lévano, todo lo ocurrido en la ex URSS después de la muerte de Stalin se debe a las cenizas de éste, a su alma atormentada por la carga de sus “crímenes y abusos”, mas no a los líderes a los que el periodista consideró como los mejores dirigentes comunistas de las décadas posteriores hasta la caída final del sistema. Invasiones a países que buscaban independizarse de la ex URSS, enriquecimiento de una nueva capa de privilegiados, corrupción generalizada, todo ello, desde su tumba, lo dirigió Stalin y no los revisionistas. ¡Qué manera de hacer historia desde una columna periodística! El unilateralismo cognoscitivo, con perdón del sustantivo abstracto, conduce a nuestro periodista a la tergiversación de los hechos.

IV

Abundando en tergiversaciones sobre el papel de Mao, Lévano cita un párrafo de un conocido discurso del dirigente chino para referirse a las posibilidades de una III Guerra Mundial atizada por el imperialismo, guerra que, por las armas nucleares desarrolladas, tendría un resultado catastrófico para la humanidad, poniendo en peligro la propia existencia de ésta. Pero Mao hacía la advertencia del peligro y, al mismo tiempo, su rechazo a tal conflagración, sin dejar de advertir que, de producirse, debía de enfrentarse para derrotar al imperialismo y construir el socialismo. A este pensamiento, tan claro como estratégicamente correcto, el periodista convierte en una especie de loa a la muerte: ¡una barbaridad! Con indubitable malicia, cita un párrafo desligado del texto que contempla la idea integral sobre el problema de la guerra en esos momentos (década de los 50).

Lévano pondera: No es lo mismo la violencia revolucionaria, que puede ser inevitable en momentos cruciales, que el sueño de matanza masiva. ¿El sueño de Mao cuando advertía la posibilidad de la III Guerra Mundial o la concepción violentista de Abimael Guzmán y Pol Pot? De esta mañosa analogía extrae Lévano otras “verdades” supuestamente ligadas a la concepción revolucionaria de Mao: a) Así que, porque todo en la vida tiene dos aspectos, se puede matar a inocentes; b) Con este mismo argumento se puede defender, y se defiende, a Fujimori. Lévano, con su primera conclusión (a), recurre al más vil método de todo filisteo político: atribuye al adversario algo que no le corresponde para derrotarlo, a falta de argumentos y con fines inconfesables, en el caso de Lévano, para defender su oposición a la lucha revolucionaria. Lo hecho en Lucanamarca y los crímenes selectivos del senderismo nada tienen que ver con lo actuado por la lucha revolucionaria dirigida por Mao. Tampoco los crímenes de Pol Pot. En cuanto a la segunda (b), es bastante sospechoso que Lévano recurra a la asquerosa actuación de Fujimori para denostar a Mao.

Como para salvarse de su revisionismo, Lévano trata de aclarar su posición: Contra eso estoy, estuve y estaré (se refiere a la matanza de inocentes, aclaramos). Así como contra los crímenes del otro lado. Podría haber señalado a los criminales de ese “otro lado”, pero seguramente se sobreentiende, lo no basta, porque estos crímenes sí son crímenes, están institucionalizados para defender el sistema capitalista de explotación. No son muertes que se dan en el proceso de un enfrentamiento regular, sino actividades planificadas para destruir todo intento revolucionario.

FINAL

El artículo de César Lévano, independientemente de su objetivo de legítima discrepancia con el pensamiento de Mao y con su conducción revolucionaria, se sitúa en el clima actual de rechazo abierto, por parte de los aparatos ideológicos dominados por el imperialismo, a toda idea y a toda acción revolucionaria que pongan en peligro el orden existente en nuestros países. Su método de argumentación encierra el peligro de la manipulación de las conciencias de una juventud poco enterada de los acontecimientos del mundo moderno y, en particular, de los procesos revolucionarios.

El periódico que dirige, que sentimos como un medio favorable a los intereses del pueblo, con la presencia, además, de César Hildebrandt, sin embargo, tiene un trasfondo anticomunista muy marcado. Es muy fácil ser izquierdista protestando contra los abusos de la burguesía, pero al mismo tiempo alimentando el anticomunismo abierto o encubierto.

Como socialista “convicto y confeso” (Mariátegui), no puedo menos que defender la trayectoria y el pensamiento fundamentales de quienes han conducido las revoluciones en toda la historia de la humanidad: Marx, Engels y Lenin, grandes fundadores; Stalin, Mao, Ho Chi Minh, el Che, Fidel Castro, José Carlos Mariátegui, son los más importantes conductores revolucionarios que han jugado un papel importante en la lucha contra el sistema capitalismo y por la conquista del socialismo. Y si se trata del papel de Abimael Guzmán y de Víctor Polay, sus gruesos errores ideológicos y sus acciones contrarias a toda concepción revolucionaria de la lucha contra el enemigo de clase, que derivaron en crímenes repulsivos y el uso del terrorismo como concepción de la violencia, no pueden llevarnos a negar su papel de luchadores contra el orden injusto en nuestro país.

No hay duda de que el Perú requiere una nueva alternativa política revolucionaria. Su construcción debe basarse en el marxismo y su concepción socialista, cuya vigencia en el Perú se relaciona con el pensamiento revolucionario de José Carlos Mariátegui y su concepción clasista de la sociedad peruana, enriquecida y actualizada por las luchas de nuestro pueblo y por las investigaciones histórico-sociales depuradas de sus elementos ideológicos conservadores.

Lima, diciembre 29 del 2008