viernes, 2 de enero de 2009

50 AÑOS DE LA REVOLUCION CUBANA







Somos cultura de la vivencia revolucionaria *

Alfredo Guevara • La Habana





Cuando Yeyé me llamó eufórica para decirme que el tirano había partido y que Fidel comenzaba a dar instrucciones a nuestro pueblo me hizo saltar de un estado de profunda depresión a exaltada alegría. Una nueva época comenzaba. Y para mí sería, creía entonces, mi realización de sueños interrumpidos, la realización como cineasta. Desde Matanzas, camino de La Habana, Fidel me envió señales; cuando pude encontrarle la emoción no fue menor aunque me tocó uno de esos jarrazos de agua fría que honran y paralizan, que lo transforman todo en un instante. Ese Fidel era el mismo y distinto, porque sabía desde ya que aquel entusiasmo pasional que le rodeaba no podía aplazar el diseño y rápida puesta en práctica de la sociedad soñada y a la que tanto sacrificio y martirologio había ofrendado nuestro pueblo. "No pienses en cine por ahora, tienes otra tarea", fueron sus palabras, y continuó, "Tenemos que destruir esta sociedad injusta de tal modo que no haya cómo reconstruirla y así dar inicio a otra vida".



Tal vez estas últimas palabras no sean las exactas, pero las imágenes de que se sirvió para explicarme la tarea, y que no describiré ahora, no las olvidaré nunca. Debí desde ese instante coordinar un grupo de trabajo no-público que, con Che, Vilma y Núñez Jiménez y bajo su control, redactaría la primera ley radicalmente, a lo martiano, desde la raíz, revolucionaria, la Ley de Reforma Agraria. Y me encargó al mismo tiempo, con indicaciones precisas, dónde buscar apoyos técnicos, asesoría. Pero Fidel, tenía ya esa visión de largo alcance que tienen los jugadores de ajedrez que saben planear más de una jugada, dos tres, muchas, y esta vez lo diré aceptando una observación muy de él, supo planearlas, realizarlas y ganar la partida. Él ha sabido ganarlas.



Eran los días del máximo entusiasmo, de exaltación que llenaba el alma, la cotidiana vida de cada ciudadano y por tanto de todos, entonces masiva exaltación. Pero Fidel no perdía en su brújula el norte necesario. Quería que ya supiésemos qué era un Banco, porque si no se sabía qué era un Banco no se podía dirigir un país. Y planeaba y planeaba; en su diseño iba entrando cada rasgo de la nueva sociedad y eso explica cuánta atención democratizadora, ésa es la fundamentación real de la democracia real, se puso el mayor énfasis en la alfabetización. La alfabetización como paso primero y fundamental en aquellos mismos días; y casi al mismo tiempo, se abordan situaciones menos generales, como la superación de las jóvenes campesinas discriminadas como mujeres y como mujeres del campo. Alfabetizar ante todo, más tarde el seguimiento…, sexto y noveno grado… etcétera, etcétera. Y así entrar realmente en la vida. Así entrar en la vida real.


No debo desviar el tema de mi intervención, pero no puedo dejar de situarla en este marco. Para ser libres, ser cultos; para mencionar siquiera la palabra democracia, primero, y ante todo, respetar la dignidad y la inteligencia y la sensibilidad de la persona, de cada persona, una a una, y solo entonces, la de todas; y respetar la dignidad y la inteligencia y la sensibilidad de la persona, de cada persona, una a una, de todas, del pueblo todo, es entregar las armas para ejercer sus posibilidades de comprender, analizar y expresar criterio, su criterio como participante activo en la vida social. Fidel tuvo esa visión de conjunto para abrir el camino a la construcción, a la posibilidad de que fuese una sociedad mejor, más justa, de seres que despliegan sus cualidades en plenitud, la sociedad que surgiera de las ruinas de la injusticia, el privilegio, la discriminación racial y sexual, y de esa otra discriminación que se enmascara en la división humillante que divide entre sabedores e ignorantes. La sociedad que él quería, por la que hemos luchado y seguimos luchando, es aquella en que la ignorancia no tendrá lugar, porque la ignorancia que impone y a la que condena el capitalismo a una parte de la población no es tan solo condición que sirve a justificar y posibilita la explotación, es también cuando permanece y se refuerza o retro-alimenta en virtud del mal uso de los Medios que debieran contribuir y hasta estar destinados a erradicarles, es, subrayo, remarco, repito sin tregua, es el principal enemigo de la revolución, de su espíritu, de su naturaleza, de sus objetivos. De ahí tanto énfasis, tanta pasión revolucionaria, tanta revolucionaria lucidez en el empeño permanente de nuestro Comandante en promover de mil modos en las legiones de revolucionarios militantes la conciencia de que, para realizar los objetivos de la revolución, la primera revolución a realizar tiene por ámbito cada conciencia y debe erradicar de sí, y en lo más hondo, la rutina y la cristalización, riesgo mayor y también debo subrayarlo, debe subrayarse, de toda ideología. La muerte siempre acecha: reside en primer término en el simplismo y la rutina.


Y vuelvo al tema que me ha sido sugerido y que probaré que no he abandonado en instante alguno. Seguía aquel Grupo inicialmente mencionado redactando la que fuese poco después nuestra Ley primera, la de la Reforma Agraria. Y aquel Grupo debió recibir cada noche, lección tras lección del pensar, la inquietud, el desbordamiento principista, la imaginación, el plantear de opciones varias, escenarios diversos, el cálculo de consecuencias, la mirada larga, abarcadora y al mismo tiempo precisa, de quien nos orientaba y buscaba las mejores formas viables para destruir con el latifundio la esclavitud enmascarada y con uno y otra la dominación imperial a partir de la tierra monocultivada y monoposeída.


Y un día, el echador inesperado y siempre sorprendente de algún que otro jarrazo de agua fría, nos dio la sorpresa; ya estábamos impregnados, y creo que eso fue decisivo, de esa visión global que escapa a las especializaciones, vocaciones y etcétera, etcétera. Debemos echar a andar el proyecto de una cinematografía cubana que sea parte y acompañe a la revolución desde esta fase. Siempre en martiano. Martí dice que la revolución no tenía lugar solo en la manigua, y no logro ahora decirlo textualmente, sino que habría que ponerla en práctica igualmente en la República soñada. A nosotros tras este entrenamiento nos tocaría, en tanto que cineastas, hacer todo el cine que la imaginación joven y en libertad pudiera realizar, enriqueciendo con su poesía, si la lograba, la realidad espiritual, cultural cubana, pero, y no pero, igualmente es mejor expresión, no menor atención tendríamos que dar a recoger en imágenes esos tiempos que vivíamos, que día a día se hacían pasado, siembra, germinación, y al mismo tiempo alba de futuro. Responsabilidad mayor. La historia ya no la escriben tan solo los que reseñan en papel, los que recogen el hecho y la anécdota, los que interpretan y esclarecen (u oscurecen), en fin, historiadores y sociólogos, politólogos y etcétera; llegó el cine, llegó la imagen. Llegaron los noticieros; llegamos nosotros. Acompañados de malas compañías. La cámara honesta, el cineasta revolucionario ve a su vera, más lejos o más cerca, a mercenarios de la imagen que rápidamente imitan a los que mercan en los otros Medios. Eso explica que para prevenir la intrusión previsible de los que ya habían surgido con esos rasgos en la sociedad y sistema que habíamos vencido, la Ley que promulgada el 24 de marzo de 1959, la primera Ley de la revolución en el campo de la cultura artística, llevase como primer Por cuanto, verdadero emblema, declaración de principios, la frase "El cine es un arte". Para nosotros verdad de perogrullo, para otros, peligrosos otros, un insulto. No olvidamos el lema de mister Hearst "el comercio sigue al film", más que frase al aire, reducción de un medio de expresión artística a la condición de instrumento de penetración imperial. Mister Hearst era voz del imperio.


Este cine que surge como proyecto con la Ley y la fundación del Instituto Cubano del Arte e Industria Cinematográficos, nacía con dos objetivos precisos y entrelazados, hacer posible el surgimiento de un movimiento cinematográfico en tiempos de revolución, creando la infraestructura necesaria al trabajo de los jóvenes creadores y formar un público educado artísticamente, capaz de apreciar esta manifestación del espíritu y de la época en marcos de variedad ilímite.


Otra vez, siempre, el diseño revolucionario abrió la posibilidad a la persona, cada persona, una a una, todas las personas, y solo entonces válida y no sumisamente masa, de apreciar obras, enriquecer su acervo, descubrir nuevos mundos, ser realmente, realmente ser, existir realmente, realmente existir. De ahí que prefiera decir hoy, aquí, ahora, tras varios decenios, cuando ya somos algo más que cine cubano, parte activa del Nuevo Cine Latinoamericano, decir hoy que no somos cine o cultura o expresión de resistencia, somos cine y cultura de la vivencia, de la vivencia revolucionaria; de la revolución que ha encabezado y encabeza el pensamiento fidelista que aquí nos convoca y reúne.

Muchas gracias.




* Intervención en el Panel Cuba: La cultura de la resistencia, del anticolonialismo y la emancipación. Coloquio Memoria y futuro: Cuba y Fidel. Palacio de las Convenciones, 30 de noviembre, 2006