sábado, 15 de septiembre de 2007

Entrevista a Noam Chomsky: El lavado de cerebros


Más eficaz que las dictaduras

El lavado de cerebros



Compras de grandes diarios -el Wall Street Journal en Estados Unidos, Les Échos en Francia- por hombres adinerados acostumbrados a doblegar la verdad según sus intereses, mediatización desmesurada de Nicolas Sarkozy, canibalización de la información por los deportes, la meteorología y las noticias de policía en medio de un desborde de publicidad: la "comunicación" constituye el instrumento de gobierno permanente de los regímenes democráticos. Es lo que la propaganda a las dictaduras. En una entrevista otorgada al periodista de France Ínter Daniel Mermet, el intelectual estadounidense Noam Chomsky analiza estos mecanismos de dominio y los sitúa en su contexto histórico.


Entrevista con Noam Chomsky

Comencemos por la cuestión de los medios. En Francia, en mayo de 2005, cuando se realizó el referéndum sobre él tratado de Constitución europea, la mayoría de los órganos de prensa eran partidarios del "sí", pero el 55% de los franceses votó por el "no". Por lo tanto, el poder de manipulación de los medios no parece ser absoluto. ¿Ese voto de los ciudadanos representa también un "no" a los medios?


El trabajo que realizamos Edward Herman y yo sobre la manipulación mediatica o la fábrica del consentimiento, no aborda la cuestión de los efectos de los medios sobre el público (1) . Es un tema complicado, pero las pocas investigaciones profundas realizadas al respecto sugieren que, en realidad, la influencia de los medios es más importante sobre los sectores de población más educada. La masa de la opinión pública parece menos tributaria del discurso de los medios. Tomemos por ejemplo la eventualidad de una guerra contra Irán: el 75% de los estadounidenses consideran que su país debería poner fin a sus amenazas militares y privilegiar la búsqueda de un acuerdo por la vía diplomática. Investigaciones realizadas por institutos occidentales sugieren que la opinión pública iraní y la de Estados Unidos convergen también sobre ciertos aspectos de la cuestión nuclear: la aplastante mayoría de la población de ambos países estima que la zona que sé extiende de Israel a Irán debería verse totalmente libre de elementos de guerra nuclear, incluidos los que poseen las tropas estadounidenses en la región. Pero encontrar ese tipo de informaciones en los medios lleva mucho tiempo.

En cuanto a los principales partidos políticos de ambos países, ninguno defiende este punto de vista. Si Irán y Estados Uni­dos fueran auténticas democracias en las cuales la mayoría determinara realmente las políticas oficiales, sin duda ya habría sido resuelto el diferendo actual sobre la cuestión nuclear. Existen otros casos de ese tipo.

Por ejemplo, respecto del presupuesto federal de Estados Unidos, la mayoría de los estadounidenses desea una reducción de los gastos militares, y en cambio un aumento de los gastos sociales, de los créditos pagados a las Naciones Unidas, de la ayuda económica y humanitaria internacional, y por último, la anulación de las reducciones impositivas decididas por el presidente George W. Bush en favor de los estadounidenses más ricos.

En todos esos temas la política de la Casa Blanca es totalmente contraria a lo que reclama la opinión pública. Pero muy pocas veces los medios publican las encuestas que revelan esa oposición pública persistente. Hasta el punto de que no sólo los ciudadanos son marginados de los centros de decisión política, sino también mantenidos en la ignorancia de la realidad de esa opinión pública.

Existe una inquietud internacional sobre el abismal "doble déficit" de Estados Unidos: el déficit comercial y el déficit presupuestario. Ahora bien, ambos sólo existen en estrecha relación con un tercer déficit: el déficit democrático que no deja de profundizarse, no sólo en Estados Unidos, sino en el conjunto del mundo occidental en general.


Cada vez que se le pregunta a un periodista estrella o a un presentador de informativo televisivo si es objeto de presiones, si a veces es censurado, responden que son totalmente libres, que expresan sus propias convicciones. ¿Cómo funciona el control del pensamiento en una sociedad democrática? En el caso de las dictaduras ya sabemos cómo se hace.

En efecto, cuando los periodistas son cuestionados responden inmediatamente: "Nadie me presionó; escribo lo que quiero". Es cierto. Sólo que, si adoptaran posiciones contrarias a la norma dominante, no escribirían más sus editoriales. La regla no es absoluta, por supuesto; a veces la prensa de Estados Unidos, que tampoco es un país totalitario, publica artículos míos. Pero quien no cumpla con ciertas exigencias mínimas no tendría ninguna posibilidad de ser tenido en cuenta para ocupar un puesto importante de comentarista.

Por otra parte, es una de las grandes diferencias entre el sistema de propaganda de un Estado totalitario y el modo de proceder en las sociedades democráticas. Exagerando un poco, en los países totali­tarios el Estado decide la línea a seguir y todo el mundo debe aceptarlo. Las sociedades democráticas operan de otra manera.

La "línea" nunca es enunciada como tal, está sobreentendida. Podría decirse que se trata de un "lavado de cerebro en libertad". Incluso los debates "apasionados" en los medios más importantes se sitúan en el marco de parámetros implícitos consentidos, que mantienen al margen una cantidad de puntos de vista contrarios.

El sistema de control de las sociedades democráticas es muy eficaz; administra casi imperceptiblemente la línea directiva como el aire que respiramos. Uno no se da cuenta, y se imagina a veces estar ante un debate muy duro. En el fondo es infinitamente más eficaz que los sistemas totalitarios.

Tomemos por ejemplo el caso de Alemania a comienzos de la década de 1930. Uno tiende a olvidarlo, pero entonces era el país más avanzado de Europa, a la vanguardia en materia de arte, ciencia, técnica, literatura, filosofía. Pero, en muy poco tiempo, se produjo un trastocamiento completo, y Alemania se convirtió en el Estado más asesino, el más bárbaro de la historia humana.

Todo eso se logró destilando miedo: a los bolcheviques, a los judíos, a los estadounidenses, a los gitanos, en síntesis, a todos aquellos que, según los nazis, amenazaban el núcleo de la civilización euro­pea, es decir a "los herederos directos de la civilización griega". En todo caso es lo que escribía el filósofo Martin Heidegger en 1935. Pero la mayoría de los medios alemanes que bombardearon a la población con ese tipo de mensajes, utilizaron las técnicas de marketing ideadas por... publicitarios estadounidenses.

No olvidemos cómo se impone siempre una ideología. Para dominar, la violencia no alcanza, se necesita una justificación de otro tipo. Así, cuando una persona ejerce su poder sobre otra -ya sea un dictador, un colonizador, un burócrata, un marido o un patrón- necesita una ideología que lo justifique, siempre la misma: esa dominación se hace "por el bien" del dominado. En otras palabras, el poder se presenta siempre como altruista, desinteresado, generoso.

En la década de 1930 las reglas de la propaganda nazi consistían, por ejemplo, en tomar palabras sencillas, repetirlas permanentemente, asociándolas con emociones, sentimientos, temores. Cuando Hitler invadió los Sudetes (en 1938), lo hizo invo­cando los fines más nobles y caritativos, la necesidad de una "intervención humanitaria" para impedir la "limpieza étnica" de la población de lengua alemana, y para permitir que todos pudieran vivir bajo el "ala protectora" de Alemania, con el apoyo de la potencia más avanzada del mundo en el terreno de las artes y de la cultura.

En materia de propaganda, si bien es cierto que nada cambió desde Atenas, se registraron sin embargo muchos perfeccionamientos. Los instrumentos se afinaron enormemente, en particular -y paradójicamente- en los países más libres del mundo: el Reino Unido y Estados Unidos. Fue allí y no en otro lado donde en la década de 1920 nació la industria moderna de las relaciones públicas, es decir, la fábrica de la opinión, la propaganda.

En efecto, esos dos países habían progresado en materia de derechos democráticos (voto de las mujeres, libertad de expresión, etc.) a tal punto, que la aspiración a la libertad ya no podía ser contenida únicamente mediante la violencia del Estado. Se buscó entonces una solución en las tecnologías de la "fábrica del consentimiento" (2). La industria de las relaciones públicas produce, en el sentido exacto del término, consentimiento, aceptación, sumisión. Controla las ideas, los pensamientos las mentes Comparado con el totalitarismo, es un gran progreso: es mucho más agradable soportar una publicidad que hallarse en una sala de tortura.

En Estados Unidos, la libertad de expresión está protegida a un nivel que creo no existe en ningún otro país del mundo. Es algo bastante reciente. A partir de la década de 1960, la Corte Suprema puso exigencias muy elevadas en materia de respeto de la libertad de palabra, lo que a mi entender expresa un principio fundamental establecido ya en el siglo XVIII por los valores de la Ilustración. La posición de la Corte fue que la palabra era libre, con una sola excepción: su participación en un acto criminal. Si -por ejemplo- yo entro en un comercio para robar, uno de mis cómplices tiene un arma, y yo le digo: "¡Dispara!", esa palabra no está protegida por la Constitución. Por lo demás, el motivo debe ser particularmente grave para que la libertad de expresión sea puesta en tela de juicio. La Corte Suprema ratificó ese principio incluso a favor de miembros del Ku Klux Klan.

En Francia, en el Reino Unido y, me parece, en el resto de Europa, la libertad de expresión está definida de manera muy restrictiva. En mi opinión, la cuestión fundamental es: ¿el Estado tiene derecho a determinar cuál es la verdad histórica, y a castigar a quien se aleje de ella? Pensar así significa alinearse en una práctica propiamente estalinista.

Ahora bien, los intelectuales france­ses tienen problemas para admitir que tal es su inclinación. Pero el rechazo de ese criterio debe ser total. El Estado no debe­ría disponer de ningún medio para castigar a quien pretenda que el sol gira en torno de la Tierra. El principio de la libertad de expresión encierra algo muy elemental: si no se lo defiende en el caso de opiniones que uno detesta, significa que no se lo I defiende. Incluso Hitler y Stalin admitían la libertad de expresión de quienes defendían sus puntos de vista.

Además, estimo que hay algo de penoso y hasta de escandaloso en tener que debatir estos temas dos siglos después de Voltaire, quien, como se sabe, afirmaba: "Odio sus opiniones, pero me haría matar para que usted pueda expresarlas". Y es prestar un muy triste servicio a la memoria de las víctimas del Holocausto adoptar una de las doctrinas fundamentales de sus verdugos.


En uno de sus libros usted comenta la frase de Milton Friedman: "Obtener ganancias es la esencia misma de la democracia"...


En realidad, una cosa y otra son tan opuestas que no hay comentario posible... La finalidad de la democracia es que la gente pueda decidir sobre su propia vida y sobre las opciones políticas que le conciernen. La obtención de ganancias es una patología de nuestras sociedades, adosada a estructuras particulares. En una sociedad, decente, ética, ese interés por la ganancia sería marginal. Tomemos por caso mi departamento universitario (en el Massachusetts Institute of Technology): algunos científicos trabajan duramente para ganar mucho dinero, pero se los considera un poco como marginales, personas perturbadas, casi como casos patológicos. El espíritu que anima a la comunidad académica es más bien el de tratar de hacer descubri­mientos, a la vez por interés intelectual y por el bien de todos.


En el libro que Ediciones L'Herne le dedica a usted, Jean Ziegler escribió: "Existieron tres totalitarismos: el totalitarismo estalinista, el nazi, y actualmente el Tina (3)". ¿Usted cree que son comparables?


No los pondría en el mismo nivel. Luchar contra "Tina" es afrontar una empresa intelectual que no se puede asimi­lar a los campos de concentración ni al gulag. Y de hecho, la política de Estados Unidos genera una oposición masiva a escala del planeta. En América Latina, tanto Argentina como Venezuela se desentendie­ron del Fondo Monetario Internacional (FMI). Estados Unidos debió renunciar a lo que todavía era la norma hace veinte o treinta años: el golpe militar en América Latina. El programa económico neoliberal que se impuso a la fuerza en toda América Latina en las décadas de 1980 y 1990 actualmente es rechazado en todo el conti­nente. Y hallamos la misma oposición a la globalización económica a escala mun­dial.

El movimiento global por la justicia, que ocupa el primer plano mediático en ocasión de cada Foro Social Mundial, en realidad trabaja todo el año. Es un fenómeno muy novedoso en la historia, que posiblemente signifique el comienzo de una verdadera Internacional. Ahora bien, su argumento central se basa en la existencia de una alternativa. Por otra parte, ¿qué mejor ejemplo de globalización diferente que el Foro Social Mundial? Los medios de comunicación hostiles llaman "antimundialistas" a quienes se oponen a la globalización neoliberal, cuando en realidad esas personas luchan por otra mundialización, la mundialización de los pueblos.

Se puede observar el contraste entre unos y otros, pues al mismo tiempo tiene lugar en Davos el Foro Económico Mundial que trabaja por la integración económica planetaria, pero únicamente en el interés de los financistas, de los bancos y de los fondos de pensión, potencias que controlan también los medios. Esa es la concepción que tienen de la integración global, pero al servicio de los inversionistas. Los medios dominantes consideran de alguna manera que esa integración es la única que merece la denominación oficial de mundialización.

Ahí tenemos un buen ejemplo del funcionamiento de la propaganda ideológica en las sociedades democráticas. A tal punto eficaz, que incluso algunos participantes del Foro Social aceptan a veces el calificativo malintencionado de "antimundialistas". En Porto Alegre intervine en el marco del Foro, y participé en la conferencia mundial de campesinos. Ellos representan por sí solos la mayoría de la población del planeta...


A usted lo clasifican como anarquista o socialista libertario. ¿Cuál sería el papel del Estado en la democracia tal como usted la concibe?


Vivimos en este mundo, y no en un universo imaginario. Ahora bien, en este mundo existen instituciones tiránicas, las grandes empresas. Son lo más parecido que hay a instituciones totalitarias. No tienen que rendir cuentas al público, a la sociedad; actúan como depredadores cuyas presas son otras empresas. Para defenderse, la población sólo dispone de un instru­mento: el Estado. Pero éste no es un escudo muy eficaz, pues en general está estrechamente vinculado con los depredadores. Aunque existe una diferencia nada despreciable entre ambos: mientras que -por ejemplo- General Electric no tiene que rendir cuentas a nadie, el Estado a veces debe dar explicaciones a la población.

Cuando la democracia se haya ampliado al punto que los ciudadanos controlen los medios de producción y de inter­cambio, que participen en el funciona­miento y en la dirección del marco general en el que viven, entonces el Estado podrá desaparecer poco a poco. Será reemplazado por asociaciones voluntarias situadas en los lugares de trabajo y de residencia de la gente.


¿Sería una nueva forma de soviets? ¿Cuál sería la diferencia con los soviets de la Rusia revolucionaria?


Había soviets. Pero lo primero que Lenin y Trotsky destruyeron, en cuanto se produjo la Revolución de Octubre, fueron los soviets, los consejos obreros, y todas las instituciones democráticas. Al respecto, Lenin y Trotsky fueron los peores enemigos que tuvo el socialismo durante el siglo XX. En tanto marxistas ortodoxos, estimaron que una sociedad atrasada, como era Rusia en su época, no podía pasar directamente al socialismo antes de ser arrojada por la fuerza a la industrialización.

En 1989, cuando se derrumbó el sistema comunista, pensé que ese derrumbe representaba, paradójicamente, una victoria para el socialismo. Pues el socialismo tal como yo lo concibo implica como mínimo -repito- el control democrático de la producción, de los intercambios, y de las otras dimensiones de la existencia humana. Sin embargo, los dos principales sistemas de propaganda se pusieron de acuerdo en afirmar que el sistema tiránico instituido por Lenin y Trotsky, y luego transformado en monstruosidad por Stalin, era el "socialismo". Los dirigentes occidentales no podían sino estar encantados con esa absurda y escandalosa utilización del término, que les permitió durante décadas difamar al auténtico socialismo.

Con idéntico entusiasmo, pero de sentido opuesto, el sistema de propaganda soviético trató de explotar en su beneficio la simpatía y el compromiso que los autén­ticos ideales socialistas generaban en las masas de trabajadores.

¿No es cierto que todas las formas de auto-organización según los principios anarquistas acabaron derrumbándose?


No hay "principios anarquistas" fijos, una suerte de catecismo libertario al que hay que jurar lealtad. El anarquismo, al menos como yo lo entiendo, es un movimiento del pensamiento y de la acción humanas que trata de identificar las estructuras de autoridad y de dominación, de exigirles que se justifiquen y, si no pueden hacerlo, lo que ocurre a menudo, procura superarlas.

Lejos de haberse "desmoronado", el anarquismo, el pensamiento libertario, va muy bien. Y es fuente de muchos avances reales. Formas de opresión y de injusticia que apenas si eran reconocidas, y menos aun combatidas, ya no son aceptadas. Es un triunfo, un avance para el conjunto del género humano, no un fracaso.

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1 Edward Hermán y Noam Chomsky, Manufacturing Consent, Pantheon, Nueva York, 2002.

2 Expresión del ensayista estadounidense Walter Lippmann, quien a partir de la década de 1920, poniendo en duda la capacidad del hombre común para decidir con cordura, propuso que las élites ilustradas "sanearan" la información antes de que ésta llegara a las masas.

3 Tina: iniciales de "There is no alternative" (no hay alternativa), palabras de Margaret Thatcher que plantean el carácter ineluctable del capitalismo neoliberal, que es sólo una forma posible de "globalización".


Le Monde diplomatique / Agosto 2007