miércoles, 1 de diciembre de 2010

Cuba y los derechos humanos


Horacio Labastida *

Cierto es que la idea humanista de los derechos fundamentales del hombre tiene muy profundas raíces en la historia. Filósofos y utopistas de muy añosos tiempos pensaron que el ser humano por sus propias calidad espirituales es capaz de encontrar y existir sin opresiones ni explotaciones. En su República Platón advierte que en ciertas condiciones el bien y la equidad podrían prevalecer en la polis. Esto floreció en la Edad Ateniense, y después la concepción corrió de aquí para allá en los tiempos. La Utopía (1516) de Tomás Moro, asesinado por Enrique VIII, rey de Inglaterra de 1509 a 1547, por no acatar sus caprichos erótico-político-religiosos, creyó firmemente en una sociedad perfecta si se daban ciertos pasos sine qua non -purgación de la propiedad privada, por ejemplo-, y por rutas semejantes caminaron Campanella y Thomas Bacon en sus conocidos textos Ciudad del Sol (1602) y la Nueva Atlántida (1627). Posteriormente, ya en el siglo XVIII y en atmósfera semejante cuentan Fourier (1772-1839) y Saint Simón (1760-1825), quienes contemplaron con profundo dolor el sufrimiento de las mayorías sujetas a las cadenas de la industrialización que venía alimentando el surgimiento de clases empresariales opuestas al viejo régimen de la aristocracia y las monarquías absolutas, y es obvio que en la batalla humanista que se ha registrado desde el siglo XIX Carlos Marx (1818-83), Federico Engels (1820-95) y Lenin (1870-1924) forman entre los gigantes que contribuyeron con su ciencia a la percepción y realización del derecho humano a una vida justa y libre.

Igual en América que en México, los derechos humanos son tema esencial en las luchas políticas. Citaremos sólo algunos. Los jesuitas que fundaron en años coloniales comunidades cristiano-socialistas en las intrincadas montañas amazónicas, y la virreinal Puebla de los Angeles, imaginada por sus fundadores sin repartimiento de indios ni conquistadores esclavizantes; y en las auroras de nuestra independencia Simón Bolívar (1783-1830) soñó con la Gran Colombia, al lado de José María Morelos y Pavón (1765-1815) y la idea de un Estado sin desigualdades por dinero o estirpes. La propuesta es enérgica en el siglo XX y el orto del XXI ante nuevas castas totalitarias que se asumen dueñas de la verdad única y del poder inapelable, y que buscan reducir al hombre a una simple cosa que puede comprarse y venderse en el mercado de los acaudalados.

En ese ambiente contradictorio saltaron las bellas abstracciones de la Declaración de los derechos del hombre y del ciudadano (1789) y las enmiendas que se han agregado desde 1792 a la constitución estadunidense de 1787, documentos que nutren la libertad consagrada en los 30 artículos de la Declaración universal de los derechos humanos, aprobada por Naciones Unidas en 1948. ¡Libertad, libertad!, se repite hasta la fecha, pero sin apuntalarla en la justicia porque hacerlo sería echar abajo el statu quo del supercapitalismo corporativo reinante, causante de la miseria e ignorancia generalizadas.

¿Puede haber libertad sin justicia? La historia prueba que la libertad sin justicia es simplemente una manipulación ideológica, y esto fue lo que Cuba percibió con iluminada claridad cuando los guerrilleros de Sierra Maestra echaron fuera al títere Batista y a los multimillonarios estadunidenses que lo manipulaban, e hicieron de la Perla del Caribe un Estado donde el ciudadano es cada vez más libre de sus ataduras monetarias a partir de la promulgación del supremo derecho del hombre a la libertad económica, o sea, de la enajenación que lo ata a sus necesidades materiales. La libertad deja de ser abstracción y vuélvese concreta en una nación capaz de ofrecer a las familias un extrañamiento concreto de las adhesiones al enriquecimiento personal a cambio del cultivo y realización de los ideales supremos. Eliminar el hambre para consagrarse a la contemplación de la belleza y la práctica del bien común es camino que sigue la Cuba contemporánea. Y precisamente a causa de su liberación, el supercapitalismo militarista y absolutista refugiado en la alta burocracia estadunidense y en gobiernos serviles de América Latina y otras zonas del mundo condenan por violación de los derechos humanos a la única república que en este planeta logra cada día más entrelazar justicia social y libertad. Miremos a fondo y veremos que en Cuba el hombre es más humano y noble.

16 Abril 2004

* Investigador Titular de la UNAM.