miércoles, 23 de enero de 2008

Mayo `68: El año en que cambió el mundo





El movimiento de mayo ´68 tuvo mucho significado para los estudiantes universitarios porque les brindo la oportunidad de apreciar de cerca la construcción de una situación revolucionaria basada en la democracia directa, la lucha en las calles y antagonismo pleno con toda forma conservadora que para entonces significaba burguesa. El papel de los partidos políticos en la Universidad también se hizo relevante, es necesario pues sacar lecciones al respecto, para que se cometan los mismos errores de aquellas épocas, teniendo siempre en cuenta que en Latinoamérica las luchas estudiantiles son de mayor data, con la limitación que el programa de reforma enarbolado los aísla del movimiento proletario y social.








El año en que cambió el mundo / Vicente Verdú




En 2008 se cumple el 40º aniversario de un momento clave del siglo XX. París, San Francisco, Praga, Vietnam. Muchas mechas prendieron a la vez y una generación de jóvenes se rebeló contra el modelo de sociedad burguesa. Su moral represiva se combatía con la liberación sexual, el placer inmediato de las drogas, el ‘rock and roll’. Aquellos chicos, lejos de avergonzarse de su inmadurez, sacaron pecho. Se gritaba “la imaginación al poder”. Pero, ¿qué imaginación?, ¿y qué poder? Aliados de la lucha obrera, los ‘sesentayochistas’ pertenecían en su mayoría a las clases acomodadas. Negaron el consumo y acabaron siendo sus máximos aliados. Promovieron la revolución social desde el superindividualismo. Las contradicciones del 68 son numerosas. Pero de cada una de ellas saltó una chispa. Y entre todas forman una luz que sigue iluminando el mundo cuarenta años después.

"Desear la realidad está bien, realizar los deseos está mejor”. La consigna no dejaba lugar a dudas, puesto que a la revolución de 1968 dejaba olisquear desde lejos los tufos que caracterizan a la orgía. La misma significación medular se encerraba en el “ser realistas, pedir lo imposible”, o, lo que es lo mismo, que todo lo soñado se cumpliera y que cualquier bien llegara a las manos con el simple derecho de existir. No podía, pues, considerarse extraño que los detractores observaran el movimiento como una pataleta de hijos mimados. Y obscenos.

El talante dionisiaco del 68 se oponía al orden sexual que reinaba en la sociedad burguesa, y ello constituyó el núcleo basal de la revuelta. Una revuelta generada no por fuerzas masónicas ni porque hubiera subido el precio del trigo al modo de la revolución de 1789, sino por la potencia del orgón.

Todas las críticas a los fuegos de artificio político del 68 no tienen en cuenta su hoguera fundamental, encendida desde el sexo, y gracias, decisivamente, al movimiento de liberación de la mujer. Sin el concurso de la liberación femenina no habría sido posible llegar a nada, pero con su complicidad saltaron los tabiques del tinglado tradicional.




El capitalismo, sin embargo, se mantuvo airosamente en pie. Más aún: el odiado capitalismo mutó su antigua piel por un satén de irisados colores, y con ello obtuvo capacidad para respirar mejor y desarrollarse como una verbena de consumo agregada a la fiesta del orgasmo, el antiautoritarismo, la aventura y el amor a la revolución.



Daniel Bell presagiaba en Las contradicciones culturales del capitalismo el conflicto que podría crearse cuando la ética del trabajo, derivada del ascetismo protestante, fuera asaltada por un modo de vida basado en el goce inmediato y el placer consumista. Pero el conflicto no creó jamás parálisis, sino, por el contrario, un efecto acelerador. Así, el libro más citado y célebre de Bell ha ido convirtiéndose en su obra más acertada si se lee, aproximadamente, en sentido inverso. Contradicciones en el sistema, sí; pero en lugar de romper el mecanismo, como creían Bell y los del ’68, se registró un superaccidente de cuya energía el capitalismo salió tan rejuvenecido como por un exfoliante de Clarins.



Los años sesenta constituyen la década crucial en que el conspicuo capitalismo de producción, oscuro, austero y represor, empezó a girar hacia el cromatismo musical del capitalismo de consumo. Mayo del ’68 significó, para los analistas sociopolíticos, la cristalización conjunta del malestar obrero, el malestar estudiantil en la universidad y la explosión del reino juvenil que estaba cociéndose desde los años ’20.



En 1925, Ortega y Gasset repetía en La deshumanización del arte su constatación, entonces asombrosa, de que los muchachos, en lugar de avergonzarse por su inmadurez y esforzarse en adoptar hechuras de viejo para ganar reputación, empezaban a sentirse ufanos de su apariencia.
¿Qué significaba esta traslación al look? Tenía que ver con que el viejo había perdido liderazgo.
Mayo del ’68 fue el éxito de la cohorte juvenil que cabalgó sobre la cresta de los espasmos ideológicos, artísticos y económicos, mientras ganaba la relevancia que sus mayores dilapidaron con el fracaso humano de las dos guerras mundiales. El creciente valor de la materia joven significó un vuelco en la jerarquía de todos los valores. El prototipo burgués basaba su moral en tres virtudes capitales: el ahorro, la utilidad y la finalidad. Mayo del ’68 y su máximo motor emocional refutaba cada uno de esos principios. Frente al ahorro y la contención sexual, propugnaba el gasto orgasmático (la energía del orgón que teorizó Wilhelm Reich); frente a la renuncia, el placer sin espera.



El ahorro se reveló entonces equivalente a la represión (el ahorro de sexo femenino hasta la boda), y la utilidad o la finalidad se manifestaron como la marca desencantada del proyecto y de la acción. Mayo del ‘68, encarnado en la orgía, empujaba en la otra dirección. Frente al ahorro represivo, el gasto; contra la calculada utilidad, la inmediatez, y frente a la finalidad, la aventura. La reunión de estos tres elementos dibuja el triángulo de la cultura de consumo. Maldecir ahora la sociedad de consumo resulta tan pesado como rancio, pero entonces era una manera joven y anticapitalista de ser. Para José Luis Aranguren (Cuadernos para el Diálogo), el consumismo era “un reduccionismo economicista de la vida”, y para Jean Baudrillard, “constituía un sistema que se hallaba en trance de destruir las bases del ser humano” (La societé de consommation, Denoël, 1970). Esta era la doctrina central. Y la paradoja, por tanto, era ésta: los presupuestos de la revolución sesentayochista procedían de la sociedad de consumo que crecía bajo sus pies, pero sus líderes repudiaban con vehemencia el consumismo, siendo ellos, por excelencia, grandes consumistas: del tiempo, del sexo, de los derechos, de los mass media.



De hecho, tanto Mayo del ’68 como el sistema de consumo son inconcebibles sin la gigantesca explosión de los mass media. La comunicación de masas y el consumo de masas, la fiesta y el contagio sesentayochistas fueron cruzándose en una copulación reproductora. De ahí que la revuelta fuera, de una parte, muy amplia, a la manera de una endemia, y de otra, muy efímera. Los media difundieron la nueva visión de la sociedad, la universidad, la psiquiatría, la familia, la escuela, la relación intersexual, los derechos de la mujer, y recrearon, con su ejercicio, la composición de una estampa nueva. Cuarenta años después no vale la pena calificar de éxito o fracaso aquella subversión porque sus vindicaciones se han inscripto en el alma social como un bordado del mismo hilo.



Sin la mujer, en suma, no habría sido factible la fiesta del ’68, y gracias a su vigoroso movimiento de liberación se emanciparon dos o tres sexos a la vez. El suyo, que funcionaba como gran policía de las buenas costumbres, y el sexo masculino, que obtuvo la inesperada franquicia para intercambiar sus deseos con los de sus parejas. Aquella renuncia a llevar sujetador fue literalmente la pérdida del sujetador.



No hubo tiempo para culminar la gran idea sexualista, pero ¿quién duda de que se consumaron muchos cortejos? Buena parte de la guerra de generaciones de entonces procedía no tanto del choque maoísta con los progenitores como de la incompatiblidad entre sus dictámenes sobre el sexo y el matrimonio y la teorética del amor libre. Muchas o todas las comunas fracasaron, y prácticamente cualquier intento de tríos a la manera de Jules et Jim provocaron neurosis; pero tanto Truffaut como nosotros, sus coetáneos, no desperdiciamos la oportunidad para ensayar.
De ahí aquello tan conocido de “la imaginación al poder”. ¿Qué imaginación? ¿Qué poder? Todo aquello que procedía de inaugurar excitadamente una transgresora, soñada y revolucionaria realidad sexual. El LSD, la marihuana, el hachís, la droga en general aureolaba la juerga, y si fue, de un lado, una complacencia en el placer individual, fue, de otro, un signo de oro para señalar el nuevo momento del valor.



Con la droga se obtenía gozo inmediato, sin esperas. Al igual que sucedía con las adquisiciones a plazos o con las hipotecas después. Primeramente se accedía al bien, y más tarde llegaban los efectos secundarios. Todo lo contrario a la ecuación de las generaciones precedentes al ’68, que primero ponían la abnegación, el ahorro, la espera, y más tarde optaban a la debida compensación.



La inversión de este enunciado canónico, proyectado en casi todos los ámbitos de la realidad, decidió el rumbo de la cultura. Los sesentayochistas fueron los grandes promotores del consumo, negando, sin embargo, el consumo. Grandes promotores de la revolución social siendo superindividualistas. Formidables aliados de las protestas de la clase baja cuando, en su mayoría, procedían de la clase alta o media alta.

Las contradicciones de Mayo del ‘68 son tantas que hacen aún más brillante su memoria. De cada contradicción brota una chispa, y de todas ellas, una luminaria que, si fracasó en sus objetivos políticos explícitos, ha triunfado rotundamente en el deslizamiento de sus intuiciones y emociones sustanciales. Gran éxito de la feminidad, sin duda.

De: El País de Madrid.