martes, 2 de octubre de 2007

César Hildebrandt: García y los perros



García y los perros


César Hildebrandt


«Muy bien: que renuncien y todos los que vean que su honor está siendo mancillado por los perros, que renuncien. Me parece justificado y claro".

La frase no es la de un Saboya fascista ni la de un valido de Francisco Franco. Es de Alan García, el monarca imaginario de un reino construido por la locura.

Ya lo hemos dicho desde esta modesta columna: el trastorno del doctor García empieza a ser de interés para la seguridad del país.

No quisiera ahondar esta vez en el penoso tema. Lo que me importa es sacar la cara por los ofendidos de siempre: los perros.

¿Piensa el doctor García que los perros son capaces de lo peor? Parece que sí. Qué lástima. Porque podría decírsele, para empezar, que ningún perro daría las órdenes que él dio para El Frontón. O que ni el más dócil de los perros dejaría de adivinar en el señor Giampietri el humor del cazador que ahorca a su perro después de la temporada. O que los maravillosos perros chuscos que siempre tuvo Haya de la Torre decían mucho del fundador del Apra como persona (mucho más que como personaje).

Julio Favre prestó sus dominios para la tortura y la matanza y las desapariciones. Y a quienes recuerdan este hecho con pruebas y memorias el doctor García los llama "perros". Y defiende a Favre como si de un procer se tratara. ¿Qué variedad de la licantropía ha convertido al doctor García en este lobo que quiere aterrorizar -ya que de comparaciones fabulosas estamos tratando-?

Acabo de terminar de leer, precisamente, un libro estupendo: "La dificultad de ser perro", del francés Roger Grenier. Es una pequeña y deliciosa enciclopedia sobre autores y perros, historia y perros, acontecimientos y perros.

Por sus páginas trota la labradora Saltique, la perra que Mitterrand tanto amó y que fue a su entierro como parte de la familia, renace el cuadro de Goya "Perro enterrado en la arena" -obra angustiosa que aún nadie ha descifrado del todo-, revive la historia célebre de Rousseau cambiándole el nombre a su perro Duque por temor a herir la susceptibilidad de los nobles que lo bancaban.


E1 estúpido de Descartes decía que los animales eran máquinas. Más tarde vino Kant y, como dice Grenier, lo enterró con una sola nota a pie de página: "podemos concluir por analogía que también los animales actúan según representaciones (y no son máquinas como dice Descartes) y que, a pesar de lo que constituye su diferencia específica, son, desde el punto de vista genérico, en tanto seres vivientes, idénticos al hombre".

Grenier recuerda a Lena Zonina, la traductora rusa de Sartre -y también su amante cuantas veces pudo-. Ella decía respecto de los perros: "No podemos amarlos. Para nosotros, son ante todo los animales que vigilan los campos de concentración". Lena Zonina parecía estar inoculada por el mismo bicho cruel que Milán Kundera recordó en su momento esparcido sobre la Checoslovaquia estalinista: el perro era visto por los comunistas como una decoración viva y de mal gusto, un signo de individualismo, un consumidor agregado a la tarjeta de racionamiento. Sólo por esa razón podríamos decir que el comunismo está bien muerto.


Cuenta Grenier que cierta vez el niño que sería Luis XIII le dio un pan a un perro y que una dama de la corte, especialmente lela, le dijo indignada: -Señor, no hay que darle pan a los perros. Hay que, dárselo a los pobres.
Grenier recuerda que el niño que sería rey contestó:
-¿Los perros son ricos?

Ese hombre extraordinario y sanguinario que fue Napoleón recuerda en Memorial de Santa Elena la impresión incomparable que le produjo ver a un perro gimiendo ante el cadáver de su amo. "Jamás nada, en ninguno de mis campos de batalla, me ha causado semejante impresión...He ordenado batallas que debían decidir la suerte del ejército; sin que se me humedecieran los ojos he visto ejecutar movimientos que llevaban a la pérdida de gran número de los nuestros; y ahora me sentía emocionado, conmovido por los gritos y el dolor de un perro...". Diríamos que el lado soleado de Napoleón -el del nuevo derecho civil, el adversario de la peor reacción europea-asoma en esas líneas.
Quien desprecia a los perros y los degrada en el lenguaje o en los actos debería ser visto con los ojos de la compasión. Porque, como dice el personaje aquel de Clamence -en La caída, de Camus-, hay que amar a los perros "porque siempre perdonan".