sábado, 15 de septiembre de 2007
martes, 4 de septiembre de 2007
César Vallejo : EJECUTORIA DEL ARTE SOCIALISTA

Los nuevos rusos, después de una etapa de modas y de escuelas tan fugaces como barrocas -akmeistas, nitchevokis, presentistas, centristas, construistas- empiezan a pisar firme y a encontrar un derrotero propio y creador de la nueva cultura socialista. No se conoce a punto fijo el momento en que se inicia la nueva poesía rusa, ni el iniciador auténtico de ella. No es el iniciador Alejandro Blok, cuya obra, como dice Trotski, no es un poema revolucionario, sino el último suspiro del arte burgués. "Blok -afirma Trotsky- no nos pertenece". Tampoco es el iniciador Velemir Khlebnikov, cuyo espíritu saturniano y walpúrgico repugna a la salud natural y a la alegría del trabajo, que Gorki proclama como uno de los caracteres de la nueva vida. Ni Blok ni Khlebnikov han engendrado el arte propiamente socialista. Con solo cantar la rebelión y la lucha por la libertad y la justicia social, como hace Blok, no se crea, en efecto, una nueva estética. Con solo cantar sentimientos maximalistas y antiburgueses, como hace Khlebnikov, tampoco se crea una nueva estética. Para fijar el punto de arranque de la poesía socialista, convendría determinar previamente la naturaleza de esta y su fisonomía peculiar. Por desgracia, la poesía propiamente socialista, aquella en que ha de reposar la cultura universal del porvenir, no existe todavía en forma sustantiva. Ninguno de los poetas jóvenes de Rusia logra trazar, de manera definitiva y seria, los grandes lineamientos de esa estética. Maiakovski es un bufón. Kluef es un burgués indigenista, que ama a la revolución de octubre únicamente por haber emancipado al mujik. Trotski -a quien hemos de citar siempre por ser la mejor inteligencia bolchevique en la materia- exclama ante la obra de Kluef: "¿Qué quedaría de ella si se le quita su paisaneria?... Nada. Su arte carece de perspectiva histórica". Essenin ha sido acaso el que más cerca estuvo de dar una que otra brazada germinal a la poesía socialista. Su suicidio mismo y el proceso final de su espíritu testifican su tragedia de déclassé, su caso de hombre que sentía sinceramente y en el fondo de su propio ser personal, la crucifixión de un mundo que muere y otro que nace. Por haber vivido, precisamente, esta tragedia de encrucijada de nuestra época, Essenin ha sido el espíritu típico de los primeros artistas del socialismo, cuya misma impotencia para sentar las bases definitivas del arte futuro y para vivir plenamente la nueva vida, concuerda con las trágicas dificultades de la nebulosa cultural naciente. Pasternak, Filipchenko, Kasin, Jarov, Lall, no practican más arte socialista que el que reside en los temas, palabras y metáforas. La poesía verdaderamente socialista no se anuncia hasta ahora, más que en la buena intención de los jóvenes rusos y en muy contados y débiles acentos creadores. Porque la estética socialista no debe de reducirse a los temas, al sentido político ni a los recursos metafóricos del poema. No se reduce a introducir palabras a la moda sobre economía, dialéctica o derecho marxista. No se reduce a tejer ideas renovadoras o requisitorias sociales de factura u origen comunista. No se reduce a adjetivar los hechos y cosas del espíritu y de la naturaleza con epítetos traídos por los cabellos, de la revolución proletaria. La estética socialista debe arrancar únicamente de una sensibilidad honda y tácitamente socialista. La estética revolucionaria, aunque no esté en los motivos, en las palabras ni en la tendencia moral o política del poema. Solo un hombre sanguíneamente socialista aquel cuya conducta pública y privada, cuya manera de ver una estrella, de comprender la rotación de un carro, de sentir un dolor, de hacer una operación aritmética, de amar una mujer y de levantar una piedra, de callar o de llevar una migaja a la boca de un transeúnte, es orgánicamente socialista, solo ese puede crear un poema auténticamente socialista. Solo ese creará un poema socialista, en el que no trate de servir a un interés de partido o a una contingencia política de la historia, sino en el que viva una vida personal y cotidianamente socialista. (Digo personal y no individual). En el poeta socialista, el poema socialista deja de ser un trance externo, provocado y pasajero de militante de un credo político, para convertirse en una función natural, permanente y simplemente humana de la sensibilidad. El poeta socialista no ha de ser tal solamente en el momento de escribir un poema, sino en todos sus actos, grandes y pequeños, internos y visibles, conscientes y subconscientes y hasta cuando duerme y cuando se equivoca o se traiciona. Esta y no otra es la ejecutoria de un artista socialista. Que la sepan los desorientados colonos de Moscú en América.
(Variedades, N° 1075. Lima, 6 de octubre de 1928.)
jueves, 30 de agosto de 2007
El cuaderno verde
El cuaderno verde... contiene obras magistrales de Vallejo, Neruda, Guillén y León Felipe
Reúnen en un libro toda la poesía que el Che cargaba en la mochila
Era un mal poeta, pero tuvo humildad para admitirlo: Paco Ignacio Taibo II, autor del prólogo
“La izquierda mexicana necesita una profunda educación sentimental”, asegura el escritor
ARTURO GARCIA HERNANDEZ
Entre los objetos que había en la mochila del Che Guevara al momento de ser detenido en Bolivia, en 1967, estaba el célebre diario –hoy mundialmente conocido– y un cuaderno verde con una serie de poemas que no despertó mayor interés en sus captores. Poco después, el guerrillero fue asesinado en La Higuera y sus pertenencias serían depositadas en una caja de seguridad de la Inteligencia militar boliviana.
En la edición corregida y aumentada de su biografía del Che, Paco Ignacio Taibo II daba noticias de ese cuaderno, cuyo contenido exacto se desconocía.
Una mañana de 2002, Jesús Anaya, editor y viejo amigo de Taibo II, mostró al escritor un paquete de fotocopias con textos cuidadosamente escritos a mano.
–¿Qué es esto? ¿De quién es? ¿Puedes autentificar la letra? –preguntó el librero.
Era, “evidentemente”, la letra del Che Guevara. “El camino del cuaderno verde con letras árabes en la portada era un misterio. ¿Contenía poemas que el Che había escrito a lo largo de la campaña boliviana? ¿Se trataba de poemas que el había copiado en los últimos dos años? ¿Era una mezcla de ambos? ¿Eran los poemas una especie de clave? El reto para mí era fascinante.”
Taibo II se dio a la tarea de identificar los textos, que resultó ser una selección de poemas de César Vallejo, Pablo Neruda, Nicolás Guillén y León Felipe: “una antología hecha por el Che, su antología personal”.
Los textos ahora han sido reunidos en un libro, El cuaderno verde del Che, publicado por Seix Barral, con prólogo de Paco Ignacio Taibo II. Incluye, entre otros, Los heraldos negros, Idilio muerto, Agape, Los dados eternos, de César Vallejo; Farewell, La canción desesperada, Juntos nosotros, de Pablo Neruda; Mulata, Canto negro, Caña, Sensemayá, de Nicolás Guillén, y Noche cerrada, Cristo y La tangente, de León Felipe.
–¿Qué te aportó en el cuaderno al conocimiento del Che?
–Como cuento en el prólogo, fue muy desconcertante la manera en que llegó a mis manos. Pude haber buscado expertos para que identificaran los 65 poemas del cuaderno; conocía algunos, pero no todos. Dije: ‘no, esta es mi bronca’ y me encerré con los tomos de las obras completas de los poetas a localizar. En principio pensé que había más autores. Conforme avanzaba, me desconcertó no ver ahí los poemas favoritos del Che. Por ejemplo, no estaban los poemas de Machado o Stalingrado, de Pablo Neruda, que el Che se sabía de memoria.
“Es una antología muy singular, en la cual lo dominante son poemas intimistas, poemas de amor que desmuestran la doble pulsión que dominó al Che toda su vida: lo que percibía como la necesidad de violencia y su carácter romántico, en el mejor sentido de la palabra, no sólo romántico amoroso, sino romántico ideológico. En términos generales, me pareció que hizo la antología para no traer la mochila repleta de libros, que de todos modos la traía repleta de libros.”
Muchos Chés
–No, forma parte del Che que hemos contado muchas veces, del personaje que tiene, como todos, varios rostros. El libro me interesó por dos cosas: porque completa una visión más del Che y porque es uno de esos títulos que son como puertas que se abren. Pienso en un adolescente guevarista de Iztapalapa que se encuentre con el Cuaderno verde... y vea que no es un ma-nual, sino un libro de poesía, y ahí lo vas a tener leyendo a León Felipe y a Vallejo.
“Creo que la izquierda necesita una profunda educación sentimental; muchas veces es mejor un buen Vallejo que un mal Lenin o que un Lenin descontextuado. También he percibido que la formación más sólida de lo mejor de la izquierda en el país surgió de la cultura y no del panfleto o de un discurso político.
–¿También es una forma de decirle a la izquierda: ‘hay que leer, hay que educarnos’?
–Lo dices tú, pero lo afirmó yo. Una parte de los marxistas que leyeron El Capital en los años sesenta, marxistas de salón, estaba muy orgullosa de eso y terminó trabajando sin bronca en el Fondo Monetario Internacional, la gran máquina de construir miserables en América Latina, y de fabricar ricos. Quienes leímos Los tres mosqueteros seguimos en la oposicion y no hay panista ni priísta que nos pueda comprar el alma. Somos gente de honor. La cultura crea una educación de los sentimientos basada en la construccion de una ética y no en la de una visión política pragmática que cambia con los tiempos.
–¿Fue un poeta frustrado el Che Guevara?
–Frustrado no, porque sí escribió poesía. Fue un mal poeta, y el se lo dijo a sí mismo. Y ahí están las anécdotas de cuando le publicaron unos textos y dijo en broma a quien los publicó: ‘la próxima vez que lo hagas te fusilo’. No era un buen poeta, pero era un excelente cronista. Tiene una pluma privilegiada. La crónica era el género literario que se le daba mejor, porque había practicado con los diarios de viaje.
–¿Qué tanto tuvo que ver la poesía en lo que fue el Che?
–Es un componente fundamental, pero es uno más. Estamos hablando de un personaje signado por varios rubros: por el romanticismo, la instransigencia contra la injusticia, la lógica del vagabundo que quiere conocer tierras, la irreverencia y el igualitarismo. Pero en la formación sentimental de un personaje así la poesía, sin duda, es fundamental. Construye una manera de percibir el mundo más rica, más sabrosa.
El cuaderno verde del Che se publica simultáneamente en toda Latinoamérica; en México, el tiraje es de 15 mil ejemplares, algo insólito, tratándose de un libro de poesía. En este caso, la poesía que lo acompañó.
La Jornada, Mexico
